Ecuador: la alianza de izquierdas que nadie esperaba

Análisis de Coyuntura - Talk Comunicaciones

La política tiene una ironía que suele imponerse sobre las convicciones de sus protagonistas: aquello que durante años parecía imposible puede convertirse, de un momento a otro, en una necesidad histórica. Eso parece estar ocurriendo en Ecuador de cara a las elecciones seccionales. La inscripción de candidaturas respaldadas por una alianza entre el Partido Socialista Ecuatoriano, Unidad Popular y otras organizaciones políticas, entre ellas el movimiento provincial MOVER en determinadas circunscripciones, refleja un reacomodo que hasta hace poco habría parecido improbable. La inscripción de Pabel Muñoz bajo esta convergencia es, quizá, la expresión más visible de ese nuevo momento político.

Durante casi dos décadas, el sistema político ecuatoriano estuvo profundamente condicionado por la presencia del correísmo. Su enorme capacidad electoral convirtió a la Revolución Ciudadana en la principal fuerza de la izquierda y el progresismo, pero también consolidó una lógica de competencia antes que de cooperación con otros sectores de centroizquierda. Las disputas programáticas fueron reemplazadas con frecuencia por confrontaciones personales y organizativas que fragmentaron un espacio político que, en otros contextos, pudo haber construido plataformas más amplias.

Paradójicamente, esa dinámica comienza a modificarse no por una decisión voluntaria de sus principales actores, sino por las condiciones impuestas por la coyuntura institucional. La pérdida de la personería de la Lista 5 y posteriormente la imposibilidad de participar mediante el movimiento Amigo obligaron al correísmo a buscar nuevos vehículos electorales. Esa circunstancia abrió un escenario inesperado: organizaciones que durante años caminaron por sendas distintas, e incluso enfrentadas, decidieron privilegiar el objetivo común de garantizar la representación política antes que profundizar diferencias históricas.

Más allá de la simpatía o rechazo que cada ciudadano pueda tener hacia cualquiera de estos actores, resulta difícil negar que el escenario actual plantea preguntas relevantes sobre la calidad de la democracia ecuatoriana. Cuando las reglas de competencia modifican de manera tan profunda las posibilidades de participación de una fuerza política con amplio respaldo electoral, el efecto inmediato no solo alcanza a esa organización, sino que transforma los incentivos para todo el sistema político. Ese nuevo contexto explica buena parte de las alianzas que hoy comienzan a consolidarse.

Existe aquí una paradoja política difícil de ignorar. Aquello que Rafael Correa no consiguió construir durante sus años de mayor fortaleza (una articulación amplia de las izquierdas) parece comenzar a emerger precisamente bajo un escenario de mayor presión institucional y de creciente percepción de concentración del poder durante el gobierno del presidente Daniel Noboa. Esa lectura, compartida por diversos sectores de oposición, ayuda a comprender por qué antiguos adversarios hoy aparecen compartiendo una misma plataforma electoral.

Sin embargo, el verdadero desafío comienza después de las inscripciones. Las alianzas electorales suelen ser respuestas coyunturales; construir proyectos políticos compartidos exige mucho más que sumar candidaturas. Requiere aceptar diferencias, institucionalizar mecanismos de diálogo y comprender que ninguna organización posee, por sí sola, todas las respuestas para enfrentar los problemas estructurales del país.

La experiencia chilena ofrece una lección valiosa. La Concertación de Partidos por la Democracia logró trascender la simple alianza electoral porque construyó acuerdos estratégicos de mediano y largo plazo entre fuerzas diversas, capaces de debatir intensamente sin romper los consensos fundamentales sobre democracia y gobernabilidad. Diversos estudios muestran que la estabilidad de las coaliciones depende menos de la uniformidad ideológica que de la capacidad de generar mecanismos permanentes de cooperación y resolución de conflictos.

Quizá esa sea la principal enseñanza para Ecuador. Las coyunturas obligan a encontrarse; la historia exige aprender a permanecer juntos. Porque ganar una elección puede depender de una alianza. Pero construir un proyecto de país (o de ciudad) depende, sobre todo, de la voluntad de convertir las coincidencias circunstanciales en una cultura política de concertación.

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